EDITORIAL 4-2-2011
Los estallidos de rebeldía que se propagan incontenibles en el mundo árabe plantean incertidumbre sobre si epilogarán en modernización democrática de tipo occidental o radicalización islámica parecida a la de Irán. Mucho dependerá del rumbo que tome Egipto al liberarse de 30 años de gobierno del presidente Hosni Mubarak. Su condición de país líder en el mundo árabe incidirá en el curso futuro en Túnez, Jordania, Yemen, Argelia y Libia, naciones también sacudidas por levantamientos contra regímenes represivos y autoritarios que han mantenido en el atraso y la pobreza a vastos sectores de la población.
La perspectiva deseable de que sean reemplazados por gobiernos respetuosos del estado de derecho y las libertades cívicas choca con la escasez de líderes capaces de establecer democracia real en una región que nunca la conoció, excepto por un período fugaz en el Líbano. La historia del mundo árabe fue durante mucho tiempo un mapa de fronteras y gobernantes cambiantes, según los designios de potencias coloniales y las rivalidades tribales. La independencia política y la riqueza petrolera condujeron en el siglo XX al surgimiento de regímenes autoritarios o abiertamente dictatoriales, despreocupados de mejorar las condiciones de vida de empobrecidas mayorías populares.
Esta receta de descontento fue la causa de las masivas protestas generalizadas que hoy convulsionan la región. Su definición es incierta. En Egipto, lo único seguro es el fin de la era Mubarak. En su reemplazo hay un abanico de posibilidades. Una es la supervivencia de un régimen parecido pero más abierto, bajo el conciliador vicepresidente Omar Suleiman que negocia con partidos opositores o controlado por los militares, aprovechando el desorden actual para hacerse del poder. Otra es la elección presidencial del prestigioso Mohamed elBaradei, premio Nobel de la Paz y ex director de la agencia de energía atómica de la ONU, en una transición hacia un sistema democrático. También es posible un triunfo electoral de la Hermandad Musulmana, presente en varios países árabes. Creada como organismo islámico moderado, actualmente incluye dirigentes radicalizados que mantienen vínculos con grupos extremistas como Hamas.
Tampoco puede descartarse un período de desorden e indefinición, producto de las múltiples tendencias que existen entre los manifestantes, a los que solo une su oposición a Mubarak. El peor escenario es el surgimiento de un régimen islámico radical, desastre estratégico para el mundo occidental y riesgo para Israel, cuyo tratado de paz con Egipto le ha facilitado hasta ahora enfrentar la hostilidad de otras naciones musulmanas. La salida de la crisis en Egipto opera como centro de gravedad sobre lo que puede ocurrir en las demás naciones árabes que hoy afrontan levantamientos populares, de lo que dependerá que haya estabilidad o caos en la región. El mapa más beneficioso para el mundo entero es el surgimiento de regímenes democráticos. Pero por ahora, es más una esperanza que una probabilidad. En todo caso, los pueblos árabes comenzarán a definir sus destinos y por más que haya riesgos, esos son los riesgos inherentes a un sistema democrático, preferibles a las certezas de las autocracias y dictaduras.
Nuevo mapa de Medio Oriente
04/Feb/2011
El Observador, Editorial